Feminismo como liberación humana: más allá de la guerra de sexos
Durante décadas, el feminismo ha sido presentado por sus detractores como una lucha contra los hombres. Para algunos sectores conservadores —especialmente religiosos— es una amenaza al “orden natural”. Para otros, incluso dentro de ciertos movimientos sociales, se ha reducido a una confrontación de géneros.
Pero esta lectura es incompleta, superficial y, sobre todo, funcional al mismo sistema que históricamente ha limitado tanto a mujeres como a hombres.
El feminismo, en su raíz más profunda, no es una guerra contra el hombre. Es una crítica estructural al sistema que definió qué debía ser una mujer… y también qué debía ser un hombre.
Un sistema que moldeó a ambos
Las religiones institucionales no solo establecieron jerarquías espirituales, sino también sociales. Durante siglos, impusieron a la mujer un rol de obediencia, pureza y silencio. Pero, al mismo tiempo, exigieron al hombre ser proveedor, dominante, fuerte, insensible, violento si era necesario. Ambos géneros fueron encerrados en moldes que no nacieron de la naturaleza, sino de la conveniencia del poder.
Mientras a la mujer se le negó la voz, al hombre se le negó la vulnerabilidad. Mientras a una se le exigió sumisión, al otro se le impuso la autoridad. El resultado: generaciones enteras viviendo identidades diseñadas por dogmas, no por humanidad.
Feminismo: romper el molde, no cambiar de amo
El feminismo que vale la pena defender no busca invertir la jerarquía, sino destruirla. No pretende sustituir el dominio masculino por uno femenino, sino cuestionar la existencia misma de la dominación.
Hablar de feminismo como liberación humana significa entender que la lucha no es entre sexos, sino contra estructuras que usaron el género como herramienta de control. Es reconocer que la igualdad no se alcanza desplazando al opresor, sino eliminando el mecanismo de opresión.
Este enfoque incomoda tanto al machismo tradicional como a ciertos feminismos radicales que replican la lógica de enemigo. Pero incomodar al poder siempre ha sido parte de cualquier proceso de emancipación real.
Religión, género y control
La religión organizada jugó un papel central en esta construcción. No solo reguló la conducta moral, sino también el cuerpo, el deseo y la identidad. Definió qué era una “buena mujer” y qué era un “verdadero hombre”, no por compasión espiritual, sino por utilidad social.
La espiritualidad, en cambio, puede ser libre. La religión como institución, históricamente, no lo fue.
El feminismo, al cuestionar estas estructuras, no ataca la fe personal. Ataca el uso del dogma como instrumento de poder sobre la vida humana.
Una lucha que no excluye
Reducir el feminismo a una causa exclusivamente femenina es limitar su alcance y traicionar su esencia. Cuando una mujer se libera de un rol impuesto, también libera al hombre del papel que se le asignó como contraparte. Cuando se rompe el mandato de sumisión, también se rompe el mandato de dominación.
El feminismo auténtico no busca enemigos; busca conciencia. No promueve odio; promueve responsabilidad histórica. No pretende dividir, sino desmantelar aquello que nos dividió.
Conclusión: no es una lucha de género, es una lucha de humanidad
El problema nunca fue el hombre. Tampoco fue la mujer. El problema fue el sistema que necesitó jerarquías para sostenerse, dogmas para justificarse y miedo para perpetuarse.
El feminismo, entendido como liberación humana, no es una amenaza. Es una corrección histórica.
Porque la verdadera igualdad no nace cuando un género vence al otro, sino cuando ambos dejan de ser prisioneros de un sistema que nunca los representó.
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