La democracia: cuando el poder descubrió que no necesitaba gobernar, sino administrar la ignorancia
La democracia nació como una promesa de igualdad: un ciudadano, un voto, una voz. Pero con el paso del tiempo, el sistema de poder entendió algo más profundo y peligroso: no era necesario que el pueblo conociera las verdaderas decisiones, bastaba con que creyera que participaba en ellas.
El voto universal, lejos de ser solo una conquista social, se convirtió también en una herramienta estratégica. Cuando todos pueden votar, el reto ya no es gobernar bien, sino gobernar la percepción. No importa tanto qué se decide, sino cómo se presenta. La política dejó de ser un ejercicio de responsabilidad colectiva para transformarse en una competencia de control emocional, simbólico y mediático.
Hoy, la democracia se parece más a una guerra silenciosa por ver quién controla a más ignorantes. No por falta de inteligencia, sino por saturación de estímulos, banalización del discurso y manipulación del lenguaje. Chistes, frases vacías, léxico laxo y tendencias virales sustituyen al debate profundo. El contenido político se diluye en entretenimiento. La conciencia se anestesia con humor, espectáculo y polarización.
En este escenario, el apoyo a minorías —legítimo en su origen— muchas veces se instrumentaliza. Se convierte en bandera, no en compromiso real. Se exhibe sensibilidad, pero se oculta la falta de transformación estructural. Se escucha al pueblo, pero no para cambiar el sistema, sino para perfeccionar su control. No se responde a la necesidad: se capitaliza el dolor.
La democracia, así, deja de ser un proyecto ético y se vuelve un producto de consumo. Se ofrece lo que el pueblo quiere, no lo que necesita. Y lo que se quiere, muchas veces, es pan y circo: promesas fáciles, enemigos simples, soluciones inmediatas, narrativas cómodas. Mientras tanto, las verdaderas decisiones —económicas, geopolíticas, estructurales— se toman lejos del ruido electoral.
No es que la democracia haya fracasado. Es que fue entendida demasiado bien por quienes aprendieron a manipularla. El poder no la destruyó; la refinó. No la censuró; la saturó. No la anuló; la convirtió en espectáculo.
La pregunta ya no es si votamos, sino qué tan conscientes somos de lo que votamos. Porque cuando el pueblo cree que decide, pero solo elige entre opciones previamente diseñadas, la democracia deja de ser libertad y se convierte en simulacro.
Y mientras el sistema siga entregando lo que el pueblo quiere —y no lo que lo libera—, la democracia seguirá siendo eso: un escenario donde el poder no gobierna a través de la fuerza, sino de la ignorancia administrada.
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