Bad Bunny en el Super Bowl: ¿protesta política o la obra maestra del capitalismo moderno?
Durante días, las redes y los medios se inundaron de una sola narrativa: Bad Bunny usó el escenario del Super Bowl como protesta política. Para muchos, su presencia fue leída como un acto de rebeldía, un mensaje social disfrazado de espectáculo. Pero pocos se detuvieron a observar lo que realmente ocurrió frente a millones de espectadores: no fue una protesta, fue una obra maestra del capitalismo contemporáneo.
Benito no llegó ahí por casualidad. Llegó como el artista del momento, respaldado por Grammys, por la canción más sonada del año y por una maquinaria cultural que no improvisa. Mientras se hablaba de su “voluntad artística” y su “mensaje”, Puerto Rico vio cómo su PIB subía cerca de un 2%, impulsado por turismo, consumo, visibilidad global y flujo de capital. No fue solo un show: fue una inversión rentable.
Desde el primer segundo del espectáculo, la marca estuvo presente. Apple Music no fue un simple patrocinador: fue parte del guion. La presentación no comenzó con música, comenzó con posicionamiento. Una plataforma global usando a un ícono cultural latino para consolidar mercado, datos, suscriptores y prestigio. Eso no es protesta, eso es estrategia.
Creer que todo fue un acto político espontáneo es subestimar cómo funciona el poder hoy. El capitalismo ya no necesita reprimir: integra, absorbe, estetiza. Convierte la crítica en producto y la identidad en mercancía. Bad Bunny no rompió el sistema; lo perfeccionó.
No fue un grito contra el poder, fue una coreografía del poder. Un teatro donde el arte, la política, la identidad y el mercado se funden en un solo espectáculo global. Y mientras muchos aplaudían creyendo presenciar una rebelión, lo que realmente veían era el triunfo absoluto de la lógica capitalista: convertir todo —incluso la protesta— en consumo.
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