CAPÍTULO 2: EL HOMBRE EN LAS SOMBRAS
Cuando la protesta se convirtió en algo mucho más grande
1968 avanzaba rápidamente.
Las protestas estudiantiles ya no eran un asunto local ni un simple conflicto entre escuelas rivales.
Lo que había comenzado con enfrentamientos aparentemente menores terminó convirtiéndose en un movimiento que crecía con cada semana.
Y cuanto más crecía, más dura parecía ser la respuesta.
Las detenciones se multiplicaban.
Las golpizas se volvían comunes.
Las patrullas recorrían las zonas universitarias como si estuvieran vigilando territorio enemigo.
Muchos jóvenes que jamás habían participado en una marcha comenzaron a experimentar la presión del conflicto.
Algunos eran detenidos simplemente por encontrarse cerca de una manifestación.
Otros observaban cómo compañeros eran golpeados o arrestados.
Las historias se repetían una y otra vez.
Y cada nuevo operativo parecía generar más indignación.
Lo que debía contener el movimiento terminaba alimentándolo.
La fuerza comenzaba a producir el efecto contrario.
Los estudiantes no solo protestaban por demandas académicas.
Ahora protestaban por la represión.
Por los arrestos.
Por los abusos.
Por la sensación de que ya nadie estaba escuchando.
Las universidades comenzaron a acercarse entre sí.
La rivalidad histórica entre distintos grupos estudiantiles empezó a desaparecer.
La división se transformó en unidad.
Y la unidad se transformó en movilización.
Miles de estudiantes comenzaron a marchar juntos.
Lo que el gobierno observaba ya no era una protesta aislada.
Era un fenómeno nacional.
Pero aquí aparece una pregunta incómoda.
¿Todos los que marchaban comprendían realmente hacia dónde se dirigía el movimiento?
Muchos jóvenes creían estar luchando por libertades, derechos y cambios políticos.
Otros simplemente defendían a compañeros detenidos.
Otros más marchaban porque sentían que permanecer callados era aceptar lo que estaba ocurriendo.
Sin embargo, mientras las calles se llenaban de manifestantes, detrás de ellas comenzaban a moverse intereses mucho más complejos.
México estaba a punto de celebrar los Juegos Olímpicos.
La imagen internacional del país era una prioridad absoluta.
El mundo entero observaba.
La nación debía parecer fuerte.
Moderna.
Ordenada.
Ejemplar.
Y sin embargo, cada manifestación transmitida al extranjero representaba exactamente lo contrario.
Era una contradicción que se volvía cada vez más difícil de ocultar.
En medio de esta crisis aparece uno de los personajes más polémicos de toda la historia.
Luis Echeverría Álvarez.
Secretario de Gobernación.
El hombre encargado de la política interna.
El hombre que controlaba gran parte del aparato de seguridad.
El hombre que años después se convertiría en presidente.
Décadas más tarde, documentos desclasificados y diversas investigaciones volverían a colocar su nombre en el centro de la discusión.
Las revelaciones alimentaron preguntas que aún hoy siguen dividiendo a historiadores, periodistas e investigadores.
¿Quién estaba diseñando la estrategia gubernamental?
¿Quién impulsaba el endurecimiento de las medidas?
¿Quién creía que la crisis debía resolverse mediante la fuerza?
Mientras estas preguntas crecían, también crecían los operativos.
Las autoridades comenzaron a intervenir con mayor intensidad.
Los arrestos masivos aumentaron.
Las escuelas fueron vigiladas.
Los centros educativos comenzaron a ser vistos como focos de conflicto.
Entonces ocurrió algo que impactó a todo el país.
El ejército ingresó a instalaciones educativas.
La autonomía universitaria quedó en entredicho.
La imagen de soldados dentro de espacios académicos provocó indignación incluso entre personas que no simpatizaban con las protestas.
Y luego llegó uno de los episodios más recordados.
Una bazuca fue utilizada para derribar una puerta de la Preparatoria de San Ildefonso.
La fotografía recorrió el país.
El mensaje parecía claro.
El gobierno estaba dispuesto a utilizar todos los recursos necesarios para recuperar el control.
Pero una vez más ocurrió algo inesperado.
En lugar de desmovilizar a los estudiantes, la medida produjo más solidaridad.
Más participación.
Más marchas.
Más apoyo.
La protesta había superado a sus organizadores originales.
Ahora parecía avanzar por sí sola.
Y mientras esto sucedía, comenzaron a surgir rumores, versiones y sospechas.
Algunos líderes desaparecían temporalmente de la escena pública.
Otros eran arrestados.
Otros mantenían perfiles más discretos.
La dirección del movimiento se volvía cada vez más complicada.
Sin embargo, las movilizaciones continuaban.
Miles de jóvenes seguían creyendo que luchaban por los objetivos que habían dado origen al movimiento.
La pregunta era otra.
¿Seguían todos persiguiendo los mismos objetivos?
¿O el conflicto había comenzado a ser utilizado por actores con intereses diferentes?
Es una pregunta que continúa abierta.
Lo cierto es que la tensión aumentaba día tras día.
Las calles se llenaban.
Las consignas se multiplicaban.
La presión política alcanzaba niveles que pocos habían imaginado meses antes.
Y poco a poco todas las rutas parecían conducir al mismo lugar.
La Plaza de las Tres Culturas.
Tlatelolco.
Un sitio que durante siglos había representado el encuentro de distintas etapas de la historia mexicana.
La ciudad prehispánica.
La colonia.
La modernidad.
Nadie imaginaba que también se convertiría en el símbolo de una de las heridas más profundas del siglo XX mexicano.
Mientras los estudiantes preparaban nuevas movilizaciones, mientras el gobierno buscaba recuperar el control y mientras el mundo se preparaba para mirar a México durante los Juegos Olímpicos, una tormenta política comenzaba a formarse sobre Tlatelolco.
Y cuando finalmente estalló, cambiaría para siempre la forma en que los mexicanos recordarían 1968.
Porque el siguiente capítulo no trata sobre protestas.
No trata sobre política.
No trata sobre ideologías.
Trata sobre sangre.
Trata sobre disparos.
Trata sobre una noche que todavía divide al país.
Y sobre una pregunta que sigue persiguiendo a México más de medio siglo después:
¿Qué ocurrió realmente el 2 de octubre de 1968?
En el próximo capítulo analizaremos cuál fue la estrategia o la verdadera razón por la cual Ordaz tuvo que viajar a España entre pruebas y artículo de su tiempo así como grabaciones de su estadía
Entonces el secretario de gobierno Echeverría se queda a cargo de las decisiones de un país
¿Quien dió la señal del halconazo..🇲🇽🇺🇲..?
El prestigio e imágen de un país tenía que cambiar bajo que interés
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