Ignacio L. Urquiza y las primeras rutas del opio en México
Tras los años de poder de Esteban Cantú, el contrabando en el norte de México comenzó a transformarse. Las viejas rutas de alcohol y apuestas dieron paso a un negocio más silencioso y rentable: el opio.
En la década de 1920 aparece el nombre de Ignacio L. Urquiza, señalado por investigadores como una de las figuras tempranas del tráfico fronterizo entre Baja California, Sonora y Estados Unidos.
El negocio creció aprovechando el caos político, la corrupción local y la enorme demanda de sustancias derivadas del opio en territorio norteamericano. Poco a poco comenzaron a surgir conexiones con empresarios y sectores comerciales estadounidenses interesados en mantener abiertas rutas de intercambio en la frontera, otorgando protección indirecta, transporte y acceso a mercados clandestinos que fortalecieron el poder económico de estas redes.
Para muchos historiadores, este periodo representa el nacimiento de las primeras estructuras organizadas del narcotráfico moderno en México: alianzas entre dinero, frontera, política y protección que operarían desde las sombras durante décadas.
El siguiente capítulo nos llevará hacia Sinaloa, donde el cultivo de amapola y marihuana comenzaría a transformar la sierra en el nuevo epicentro del negocio.
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