EL AJEDREZ DE PUTIN Y TRUMP
Cuando las potencias no juegan con ideologías, sino con intereses
Hay partidas de ajedrez que no se juegan sobre un tablero.
Se juegan sobre países.
Y mientras el mundo observa a Putin y Trump, cada movimiento parece formar parte de una partida mucho más grande: petróleo, elecciones, partidos políticos, alianzas, guerras, recursos naturales y economías nacionales.
La pregunta no es solamente quién mueve las piezas.
La pregunta es:
¿Quién construyó el tablero?
VENEZUELA: EL PETRÓLEO COMO PIEZA DEL TABLERO
Estados Unidos acaba de asegurar una posición dominante sobre enormes reservas petroleras venezolanas. El acuerdo anunciado por la administración Trump contempla derechos sobre campos con alrededor de 65 mil millones de barriles de reservas probadas. Washington sostiene que el objetivo es recuperar la producción, estabilizar Venezuela y fortalecer la seguridad energética estadounidense.
Pero detrás del petróleo aparece una pregunta inevitable:
¿Por qué ahora?
Durante años Estados Unidos convivió con gobiernos latinoamericanos enfrentados a Washington. Cuba sobrevivió décadas de embargo. Venezuela pasó de Chávez a Maduro manteniendo una relación estratégica con Rusia y China.
Entonces, ¿por qué convertir ahora el petróleo venezolano en una pieza estratégica fundamental?
La respuesta podría estar mucho más lejos de Caracas.
Podría estar en Europa.
FRANCIA, 2014: EL PRIMER MOVIMIENTO
En Francia aparece uno de los ejemplos más conocidos.
El entonces Frente Nacional (Front National), dirigido por Marine Le Pen, obtuvo en 2014 un préstamo de 9 millones de euros de la First Czech Russian Bank, institución con sede en Moscú. El propio partido confirmó el préstamo y argumentó que los bancos franceses se negaban a financiarlo.
No significa que Rusia haya comprado al partido.
Pero sí demuestra algo que merece atención:
un partido político europeo de extrema derecha recibió financiación de una institución bancaria rusa.
La pieza ya estaba sobre el tablero.
ITALIA, 2017-2019: LA LEGA Y MOSCÚ
En Italia aparece otra conexión.
En 2017, la Lega, entonces dirigida por Matteo Salvini, firmó un acuerdo de cooperación con Rusia Unida, el partido de Vladimir Putin.
Un año después, en octubre de 2018, apareció la famosa grabación del Hotel Metropol de Moscú.
En ella, Gianluca Savoini, cercano a Salvini, conversa con ciudadanos rusos sobre una operación relacionada con petróleo y un posible financiamiento para la campaña europea de la Lega.
Las cifras mencionadas llegaron a decenas de millones de dólares.
Pero aquí hay una diferencia fundamental:
la grabación demuestra que existió una negociación; no demuestra por sí sola que el dinero terminara en las cuentas de la Lega.
Salvini negó haber recibido financiación rusa.
Y nuevamente aparece la misma pregunta:
¿Por qué Moscú aparece repetidamente alrededor de partidos europeos que buscan romper o debilitar el equilibrio político de la Unión Europea?
AUSTRIA: EL SIGUIENTE MOVIMIENTO
Austria ofrece otra pieza.
El FPÖ (Partido de la Libertad de Austria) estableció en 2016 un acuerdo de cooperación con Rusia Unida.
El patrón comenzaba a repetirse:
partidos nacionalistas europeos buscando acercamientos con Moscú;
Moscú construyendo relaciones políticas con fuerzas que cuestionaban a Bruselas;
y Europa cada vez más dividida entre quienes defendían la integración europea y quienes querían recuperar soberanía nacional.
ALEMANIA: LA PIEZA MÁS IMPORTANTE
Y entonces llegamos a Alemania.
La AfD —Alternative für Deutschland— se convirtió en una de las fuerzas más importantes de la extrema derecha europea.
En 2024, el Bundestag debatió públicamente las conexiones de la AfD con Rusia y China. Ese mismo año surgieron acusaciones relacionadas con la plataforma prorrusa Voice of Europe y los diputados de la AfD Petr Bystron y Maximilian Krah. Bystron negó las acusaciones.
Y ahora llega el dato más reciente.
El 7 de septiembre de 2026, la AfD obtuvo aproximadamente 43.8% de los votos en Sajonia-Anhalt, convirtiéndose en la fuerza dominante del estado, aunque sin alcanzar la mayoría absoluta.
No es todavía el control de Alemania.
Pero sí es una señal política imposible de ignorar.
La extrema derecha alemana acaba de conseguir su mayor victoria regional.
Y eso ocurre en un continente donde Rusia continúa siendo uno de los principales factores de tensión geopolítica.
PERO AQUÍ ESTÁ LA PARADOJA
Si Rusia fuera simplemente una potencia de extrema derecha, todo sería más sencillo.
Pero la política internacional no funciona así.
Moscú puede encontrar interlocutores tanto en sectores de extrema derecha como en movimientos de izquierda radical, nacionalistas, antioccidentales o abiertamente contrarios a Washington.
Porque quizá el objetivo no sea imponer una ideología.
Quizá el objetivo sea encontrar aliados útiles.
Y aquí entran América Latina y el Caribe.
Cuba durante el castrismo.
Venezuela durante el chavismo.
Nicaragua.
Y otros gobiernos o movimientos latinoamericanos que han mantenido relaciones estratégicas con Moscú.
El discurso puede cambiar.
La bandera puede cambiar.
La ideología puede cambiar.
Pero el interés geopolítico permanece.
DERECHA CONTRA IZQUIERDA: ¿O UNA FALSA GUERRA IDEOLÓGICA?
Aquí aparece la parte más incómoda de esta historia.
Mientras Europa observa el crecimiento de movimientos de extrema derecha relacionados políticamente con posiciones favorables a Rusia, América Latina ha visto durante décadas gobiernos de izquierda que también han construido alianzas estratégicas con Moscú.
Entonces surge una pregunta:
¿Rusia realmente necesita que Europa sea de derecha o que América Latina sea de izquierda?
Tal vez no.
Tal vez lo que necesita es algo mucho más sencillo:
que los países estén divididos.
Una Europa dividida pierde capacidad de respuesta.
Una América dividida pierde capacidad de negociación.
Un Occidente enfrentado internamente tiene menos capacidad para actuar como bloque.
Y una potencia que logra negociar individualmente con países debilitados puede obtener mejores condiciones económicas, energéticas y estratégicas.
No se trata necesariamente de izquierda contra derecha.
Se trata de poder contra poder.
DE LOS DIOSES A LOS MERCADOS
Y aquí aparece una comparación histórica que resulta difícil ignorar.
Durante la Guerra de los Treinta Años, católicos y protestantes se enfrentaron durante décadas bajo la bandera de la religión.
Millones de personas quedaron atrapadas en una guerra que comenzó como conflicto religioso y terminó convirtiéndose también en una lucha por territorio, poder y hegemonía europea.
Los dioses cambiaron.
Pero el poder permaneció.
Hoy ya no necesitamos necesariamente una cruz para movilizar ejércitos.
Tenemos petróleo.
Tenemos gas.
Tenemos elecciones.
Tenemos monedas.
Tenemos mercados.
Tenemos sanciones.
Tenemos deuda.
Tenemos información.
Y tenemos partidos políticos.
Los antiguos imperios peleaban por territorios.
Las potencias modernas también pueden hacerlo mediante mercados, energía, influencia política y control económico.
¿Y POR QUÉ RUSIA NO OCULTA ALGUNAS DE ESTAS RELACIONES?
Esta quizá sea la pregunta más interesante.
Si detrás de determinadas operaciones existen intereses económicos y estratégicos, ¿por qué algunas conexiones terminan expuestas?
Porque quizá el verdadero juego no esté únicamente en financiar una campaña.
Quizá esté en demostrar que se puede entrar en el sistema político de otro país.
Crear vínculos.
Construir dependencia.
Dividir posiciones.
Y esperar.
Como en el ajedrez.
No siempre necesitas capturar al rey.
A veces basta con controlar suficientes casillas para que el adversario descubra demasiado tarde que ya no puede moverse.
Y quizá esa sea la verdadera partida que estamos viendo.
Trump mueve una pieza.
Putin mueve otra.
Europa intenta responder.
América Latina vuelve a convertirse en territorio estratégico.
Y detrás de las banderas, las ideologías y los discursos patrióticos aparece siempre la misma pregunta:
¿Quién gana dinero cuando los países se dividen?
Porque tal vez los nuevos dioses del siglo XXI ya no vivan en los templos.
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